EL CANTO DEL VIOLÍN

La chica que apoyaba su cabeza contra el frío cristal del tren se llamaba Rose. Bueno, en realidad, aquella muchacha de pelo negro o castaño muy oscuro recogido en una coleta alta se llamaba Rosalíe, pero solían llamarla Rose.

Si Rose hubiera abierto sus ojos claros y mirado por la ventana habría visto un paisaje que, urbano, tenía un aspecto de triste abandono bajo el cielo grisáceo de nubes amontonadas en aquel día lluvioso. Era un día húmedo y frío que había convencido mudamente a todos para que se guarecieran en sus casas.

 

Pasado un rato dejó de llover. Aún se notaba frío en las caras de los escasos transeúntes que empezaban a pasear y a reír por la calle, y la humedad continuaba flotando en el ambiente. Seguramente, aquella llovizna había sido resultado del inestable mes de abril que empezaba.

Ya no llovía pero aún se derramaban perezosamente algunas gotas por los cristales del vagón.

Hacía un buen rato que había subido al tren. Durante todo ese tiempo Rosalíe había mantenido las piernas cruzadas, enfundadas en vaqueros, los brazos cruzados, en una camisa de botones inmaculada, y la cabeza apoyada en el cristal. Rose estaba acostumbrada a dormir en el tren, por lo que la continua y pequeña vibración de los cristales del aparato al moverse apenas le molestaba. Prueba de ello era que Rose hacía poco se había quedado dormida.

El sueño de Rose mostraba secretos de su fuero interno; mostraba deseos inconfesables que se fundían en el inconsciente, cosas que no se atrevía a decir en voz alta quizás por miedo, quizás porque después se arrepentiría de lo que pensara.

Fuese lo que fuese.

Rosalíe entreabrió los ojos; despertó del sueño pero no encontró nada interesante. Bueno, a decir verdad sí: se había pasado de parada.

«Mierda», pensó, tenía que averiguar cómo conseguía alguna gente despertarse en su parada o una o dos paradas antes.

«Bueno, no importa», rumió; de todas formas era fácil volver a su destino original.

 

 

 

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